lunes, 15 de febrero de 2016

La sociedad más allá del Estado, la única alternativa



Después del retorno a la democracia en 1979, el ejercicio político estatal en sus distintas administraciones  ha mostrado no solo que estos gobiernos atienden a claros intereses de grupos económicos nacionales e internacionales en perjuicio de los pueblos y organizaciones sociales que hacen el Ecuador, sino que el mismo Estado, atrapado en las exigencias económicas, es una institución y un propósito que existe a espaldas de la sociedad. Más aún cuando el actual orden mundial está dominado por las ciegas potencias económicas y específicamente por el capital financiero.

Es la política liberal (en su versión estatista o mercantil), núcleo duro del Estado, adoptada por todos los gobiernos de  turno, la que ha conducido violentamente a la sociedad ecuatoriana a la fauces de la globalización financiera y extractivista. Todos los movimientos o partidos políticos que han estado en la oposición, como es el caso del movimiento PAIS, al momento de llegar al poder del Estado “ejecutan la misma política liberal que la mayoría anterior”. (Badiou: 1999) De hecho, en este nuevo contexto electoral, es seguro que cualquiera de las oposiciones al correísmo que lleguen al Estado dentro del orden procedimental burgués y que mantengan el Estado, aplicarán la misma política liberal de sometimiento al  capitalismo.

Los movimientos y partidos políticos electorales representan directamente o indirectamente la ideología del mercado. Si los procesos electorales se han convertido en un verdadero mercado de votos, cualquier movimiento o partido que se involucre en el mismo está obligado a atender este comercio político, y por lo tanto  no representa la ideología de los sectores sociales que dice representar, sino la ideología inscrita en la democracia representativa mercantilizada.  En este sentido no hay una real diferencia entre las distintas fuerzas políticas institucionalizadas, su conflicto es obtener el poder del Estado y utilizarlo para sus objetivos que no son otros que garantizar su existencia política a través de la reproducción del Estado (pues éste se constituye en el mecanismo electoral) que, a su vez, se encuentra al servicio del mercado; el poder que garantizar el poder. Así: La articulación entre el pueblo, las organizaciones y el Estado pasa por la idea de representación.” (Badiou: 1999) en otras palabra por el mercado de los votos.  

Hace mucho que la política liberal dejó de ser, si algún día lo fue,  la posibilidad de que los partidos y movimientos políticos electorales sean representantes reales de las tendencias políticas presentes en la sociedad. El partido político electoral ya no es de ninguna manera el lazo representativo entre la sociedad y el Estado, pues no es más que un aparato del mercado del voto. Si no hay representación de la sociedad en los partidos y movimientos electorales, no hay representación de la sociedad en el Estado. La representación de los partidos y  movimientos electorales en el Estado es una especie de autoreferencialidad del Estado. Esta realidad de la política actual revela de manera nítida y descarnada  que el Estado no es la expresión de ningún consenso social, sino de intereses muy particulares de grupos económicos al servicio del capital.

En este contexto de la política formal, las movilizaciones de la sociedad organizada de manera autónoma ejerciendo de forma directa el poder es la única posibilidad de democracia. La idea de representación es hoy absolutamente conservadora y reaccionaria, ya que es la manera de empeñar la política, es decir el espacio de la sociedad para tratar su destino común en relaciones horizontales, a la autoridad vertical del Estado.  En este sentido, el proceso electoral es el espacio para  “…trataba de tomar el Estado y de actuar sobre la sociedad de modo autoritario con los medios del Estado.” (Badiou: 1999)

Lo que hay que hacer para salir de esta seudodemocracia es impulsar la organización de los pueblos y de todos los sectores sociales y  garantizar su independencia política respecto al Estado, y así ir construyendo la democracia radical, de los consensos reales  y no formales. Es urgente romper los límites políticos e ideológicos de la representación, pues ésta supone una estructura vertical de delegación del poder que termina arrancando el poder de la sociedad y negando su capacidad de pensarse en común y decidir su destino común. La autoridad legítima es de la sociedad en su diversidad organizada horizontalmente y no en una unicidad opresiva como es el Estado. La sociedad no necesita del Estado para existir, puede reinventar otro tipo de instituciones que no liquiden su poder, sino que lo animen.

La utopía otra de unas otras izquierdas reinventadas tienen que estar del lado de la organización autónoma de los pueblos y no apuntalar la perspectiva de ocupación o toma del Estado. No es ético ni sensato empeñar el acumulado de la lucha y  la resistencia de los pueblos invirtiendo en el mercado electoral. “Se trata de producir y organizar rupturas subjetivas en el pueblo, y de tal modo encaminar, aquí y ahora, la extinción progresiva del Estado.”(Badiou: 1999) La organización política de la sociedad no es el partido ni el movimiento electoral, pues estos están determinados por el Estado para garantizar su reproducción, no solo a espaldas de la sociedad sino en su contra. La otra política tiene que estar fecundada y determinada por los pueblos y los sectores sociales organizados de forma autónoma, en autogobiernos asamblearios que gestionen soberanamente su salud, su educación, su movilidad, su justicia, su ocio, su deporte, su labor, su sexualidad, etc. Solo esta organización desde abajo y para abajo garantiza que la política sea al mismo tiempo ética, pues  “…en las políticas de representación no puede haber ética, pues, para un sujeto, la acción ética es justamente aquella que no puede ser delegada ni representada. En la ética, el sujeto se presenta él mismo, decide él mismo, declara lo que él quiere en su propio nombre.” (Badiou)

En estos tiempos electorales de negociaciones bajo mesa, de candidatos según la conveniencia de los grupos de poder económico y político, de deshonestidades ideológicas evidentes, de acuerdos poco claros, de oportunismos, de marketing, de clientelismo y conteo de votos, la sociedad en sus diversos pueblos, sectores y organizaciones esta obliga a asumir su poder de manera directa y sin delegaciones tramposas.  La sociedad no necesita representantes, se presenta de manera directa en su propio ser organizada, no busca ser Estado quiere ser en común sin perder su universalidad, solo posible en sus singularidades no encubiertas ni negadas.  La sociedad ecuatoriana tiene que  hacerse presente en este contexto electoral y tomar sus decisiones autónomas para enfrentar la crisis y decidir su futuro común.     

Referencia

Badiou, Alain. (1999) Ética y Política, en  Reflexiones sobre nuestro tiempo, Ediciones del Cifrado, Buenos Aires. 

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